2º E.S.O.

 

volver a portada

Sociales. (North - South)
     

HAROS Y MELIA

Después de un tiempo, decidieron volver a la realidad...
Ricato soñaba con los seres más extraños que se paseaban por su cabeza todo el tiempo y Amina soportaba sus historias increíbles. No se sabía la procedencia de este muchacho de ojos grandes, cabello negro y despeinado que vivía desde muy niño y después de ser abandonado, con una familia culta y con recursos. Ella, Amina, se había criado cerca de él, en la casa de enfrente. Su linda sonrisa siempre le había cautivado.
Él contaba que en sus sueños, se convertía en Haros, el ser mitológico más poderoso, porque en su aliento, guardaba la fuerza para transformar a sus enemigos en dóciles personajes sometidos a sus deseos y hacía participar a Amina en estas historias cuando la veía a su lado volando como la diosa Melia de los deseos, la que controlaba, por encima de todo, a los enemigos de Haros y decidía si merecían su castigo o no.
Participaban en las batallas juntos y caminaban juntos, buscando a los hombres que no conseguían reprimir el odio. Miles de dragones, incapaces de pensar, se apoderaron de Melia y la retuvieron con cadenas en los árboles del mal.
Haros perdía en silencio sus poderes, ya su aliento no existía y no servía para nada hasta que una voz divina le sacó del pozo en el que se encontraba: “Los dragones no sienten odio, no pueden contigo, no piensan, son irracionales.”
Luchó incansablemente durante días como un hombre contra una legión de dragones que retenían a Melia y descubrió el poder de su fuerza. Acabó con ellos y liberó a su diosa de aquel encierro, recuperando la razón que siempre tuvieron los dos para distinguir entre los miserables que engendraban odio y la buena gente que no sabía odiar.
...y cada vez que soñaba se lo contaba y les costaba volver.

 

                                       Ana Mª Sainero 2º C

 

Volver

La creación de las estrellas


Hace mucho tiempo, Zeus se encontraba en el Olimpo tumbado en una cómoda y algodonosa nube. Padecía de insomnio por culpa de la Luna, que no le dejaba dormir. Y es que en aquellos tiempos, la Luna poseía luz propia y brillaba día y noche sin cesar. Además, todos los días, la Luna estaba llena, y era grande y redonda, y su luz era casi tan brillante como la del Sol.
Sin embargo, Zeus era el único de los dioses al que parecía molestarle la constante luz de la Luna. Y también era el único que no conseguía dormir debido a ella.
est1Harto ya de esto, una noche, Zeus decidió coger una gigantesca manta del color más oscuro que encontró y otra de un tamaño más reducido e igual color. Hecho esto, se marchó y se tumbó en la nube de siempre, una de las más mullidas y algodonosas, y esperó, intentando hacer creer a la Luna que pretendía dormir sin resultado alguno como cada noche. Y cerró los ojos. Pero en un descuido de ésta, Zeus se puso en pie todo lo largo que era y, estirándose mucho, logró cubrir al presumido astro con la manta de pequeño tamaño. Y, a continuación, cubrió el cielo con la otra manta, la más grande, para que ningún tipo de luz, fuese la que fuese, le molestase. Esto es, la explicación por la que el cielo es de un color tan oscuro por las noches.
Aunque la cosa no quedó ahí, pues, a la mañana siguiente, todo se le volvieron problemas. Una hilera de dioses le esperaba ante las puertas de su magnífico templo. Fue preguntando uno a uno el inconveniente que tenían, y todos ellos estaban relacionados entre sí con el incidente de la noche anterior.
El primero de la fila era Neptuno. Su queja era la siguiente: por culpa de la oscuridad que reinaba en el reino de los mortales, la mayoría de los barcos que se encontraban en alta mar se habían perdido; y él había tenido que guiarlos uno a uno hasta su destino y no había podido sosegarse durante toda la noche.
est2La siguiente era Atenea; acompañada de Ares. Se quejaban de lo siguiente: con tanta oscuridad, los soldados se negaban a luchar en las respectivas guerras, y debían repartir los territorios por los que luchaban equitativamente, en lugar de ser conquistados por una sola persona.
Después estaba Artemisa. Con tanta oscuridad no podía dedicarse a su actividad favorita, la caza, pues no podía observar a su objetivo y tenía que disparar a ciegas.
Otra de las quejas era la de Afrodita, una de las que más carecían de sentido. Ésta decía que si la oscuridad era total y no había luz, por las noches nadie la podría observar ni admiraría su belleza.                                                               
Y muy similares eran las quejas de los demás dioses.
est3Cuando hubo escuchado a todos, Zeus se encerró en su templo a cavilar la solución al problema.
Por fin, después de mucho pensar y darle vueltas al asunto, encontró una solución. Lo primero que hizo fue llamar a Hefestos, y le comunicó que le confeccionase una larga lanza de oro y punta muy afilada. Después mandó llamar a Hermes y le relató sus planes para que les comunicase a los demás dioses lo que pensaba hacer. Y todos estuvieron de acuerdo.
Cuando por fin llegó la noche, Zeus asió la lanza dorada y brillante que Hefestos le  había confeccionado para la ocasión y la enarboló todo lo alto que pudo. Y, poco a poco, fue agujereando el oscuro manto por diversos lugares a través de los cuales la luz consiguió pasar.
Y esa noche, y la siguiente, y la siguiente, y durante varios días, consiguió dormir tranquilamente sin obtener quejas de nadie por las mañanas; pues la luz que se filtraba por las hendiduras era intensa pero no molestaba para dormitar.
El único inconveniente de las aberturas en el cielo era que, poco a poco, se iban cerrando hasta desaparecer por completo. Pues el manto era mágico, y si alguien lo agujereaba, él mismo se volvía a recomponer.
Por eso una noche ocurrió que los agujeros se cerraron, nadie supo por qué, y obtuvo más quejas por la mañana; pues los dioses pensaban que Zeus había sido el causante de aquello.
est4Por eso, esa misma noche, y para no tener que agujerear de nuevo el manto, descorrió un poco la manta que tapaba la Luna. Y llegó a un acuerdo con los dioses. Y esa noche la destapó un poco más. Y cada noche que pasaba la descubría más y más. De manera que, una vez al mes, la Luna se encontraba totalmente descubierta. Eso sí. Le quitó parte de su brillo para que su luz no fuese tan intensa. Pero esto también ocurría en el caso contrario. Después de ese día, la iba cubriendo un poco más y más, hasta que una vez al mes, la Luna desaparecía por completo y no se encontraba ni rastro de ella. Esto es, lo que los mortales llaman calendario lunar.
Pero como aquellos pequeños puntos en el cielo eran preciosos y contrastaban con la decoración, además de que a Zeus le gustaban y no le impedían dormir, ideó una forma de que éstos no desapareciesen. Cogió unos cuantos de sus rayos y los troceó en diminutos pedazos. Y cogió esos trocitos y los esparció por la oscura manta, algunos al azar y otros formando dibujos de animales, dioses, seres mitológicos… Y creó grupos de puntos brillantes, lo que los mortales llaman estrellas y constelaciones.
Y, cuando algunas noches uno de esos pequeños pedazos de los rayos de Zeus se desprende del manto al que los humanos llaman cielo, cae a la Tierra dejando a su paso una estela de brillantes colores, que los mortales nombran como estrellas fugaces.
Y desde aquel día, el viejo Zeus nunca más padeció de insomnio, excepto las noches de Luna llena, en las que la Luna se encuentra totalmente descubierta.    

Fernando Bello 2º ESO

 

Volver

EL ORIGEN DE LAS ESTRELLAS

Hace muchos años, un niño quería averiguar por qué él era blanco y su amigo Emeka era negro. Entonces le planteó la cuestión a su madre y su madre le empezó a relatar una historia:

Hace muuuchos siglos no se sabía de qué color era la gente porque todos eran muy peludos. Toda la gente vivía en África. Luego, en África empezó a hacer mucho calor. Y toda la humanidad se dividió en grupos.
A los que no le gustaba el sol, se marcharon. Unos llegaron al norte, a los países fríos, donde todo es blanco. Y, con el frío, también se volvieron blancos. Para no pasar tanto frío empezaron a recoger rayos de sol y se los pusieron en el pelo. De esa manera, los habitantes del norte se volvieron blancos y su pelo, rubio.
Otro grupo decidió ir hacia donde sale el sol. De tanto andar hacia el sol se volvieron amarillos y los ojos se les achinaron.  
Otro grupo fue hacia donde el Sol se pone colorado y se esconde. Se convirtieron en pieles rojas.
Mientras tanto, los que se quedaron en África se asaron de calor. Sólo se sentían bien cuando era de noche. Entonces tuvieron una idea genial. Como en aquel tiempo la oscuridad era muy espesa, cada uno se hizo una piel de noche. Al día siguiente con la piel de noche puesta, pasaron mucho menos calor. Y los agujeros que recortaron para hacerse las pieles… ¡Eran las estrellas!

“Y éste es el origen de las estrellas.”

Ana Cañamero Pascua   2º ESO B

Volver

EN MARTES, NI TES CASES NI TE EMBARQUES


enmartes1Hace no mucho tiempo, un joven leñador salió una mañana al alba para ir a trabajar, como cada día. Vivía en una pequeña cabaña no muy alejada del pueblo, rodeada de un espeso y frondoso bosque. Todos los días se marchaba a un pequeño claro y allí talaba árboles de sol a sol, para partirlos posteriormente y vender la leña en el mercado del pueblo a cambio de algunos reales. Pero sucedió que aquél día se perdió, y decidió sentarse en una gran roca a cavilar la forma de llegar a su casa sin perderse de nuevo. Se le ocurrió que esperaría sentado en la gran roca hasta que fuese mediodía, y cuando su mujer prendiese el hogar y el humo ascendiese al cielo, trazaría el camino de vuelta hasta la cabaña. Pero aún faltaba mucho tiempo para el mediodía, y no estaba dispuesto a estar sin hacer nada y perdiendo el tiempo de brazos cruzados durante media jornada. Por eso, decidió cortar un árbol para hacer leña. A base de hachazos, consiguió tumbarlo pero, de repente, de uno de sus costados apareció un pequeño hombrecillo de largas barbas vestido de verde que apenas se levantaba dos palmos del suelo. Éste le agarró del pantalón y le pidió explicaciones por haber derribado su casa. El hombre se disculpó, pero al hombrecillo no le bastó, y le dijo que le tendría que construir de nuevo otra casa. Y así lo hizo. Sacó su hacha, su navaja, su martillo y algunos clavos que siempre llevaba encima y le construyó una casa adecuada a su tamaño. Y ésta quedó tan bonita, que a cambio el hombrecillo le obsequió con una caja de madera de roble tallada y con una pequeña bolsa llena de diminutos frutosenmartes2 rojos. Éste le explicó que cada fruto poseía un deseo en su interior, pues provenían directamente de una planta llamada planta de los deseos, y podía desear cualquier cosa que quisiese que ésta se cumpliría. Pero por cada deseo que pidiese, uno de los frutos desaparecería de la bolsita. Sólo había dos condiciones que cumplir: no podía nunca dejarse dominar por la codicia ni abrir la caja bajo ningún concepto. El hombre aceptó.
Su primer deseo fue regresar a su casa en ese preciso instante. Y así se hizo. A continuación deseó cambiar su cabaña del bosque por una casa en el centro del pueblo. Después pidió ser el más rico del pueblo, y, más tarde, deseó ser también el alcalde de éste. También pidió estar soltero, y tener un empleo más decente. Y deseó muchas más cosas. Cuando terminó, el número de frutos de la bolsa había descendido considerablemente. Tanto, que el número sólo ascendía a tres. Así que decidió conservarlos. Colocó la bolsita con los tres frutos en su interior sobre la chimenea, justo junto a la caja. Y allí reposaron intactos durante un tiempo.
Hasta que, un tiempo después, el hombre conoció a una bella joven. Se enamoraron, y decidieron casarse, no sin antes contarle el hombre a la mujer el secreto de su riqueza y todos sus bienes. Justo el día de su boda, que era martes, la mujer cogió uno de los frutos de la bolsa y lo plantó en una maceta. Y lo regó conenmartes3 el mejor agua que encontró. Acto seguido, una planta de color morado brotó mágicamente y nacieron nuevos frutos. La mujer decidió guardar el secreto, y lo primero que pidió antes de esconder los frutos fue un deseo: la inmortalidad. Pero, en ese momento, todos los frutos desaparecieron en el aire y la mujer se esfumó, pues la codicia había podido con ella.
El hombre buscó a su prometida por todos lados, mas en vano, pues no la encontró. Por eso decidió acudir a la pequeña bolsita de frutos rojos para pedir que volviese junto a él. Pero la bolsita había desaparecido. Allí sólo se encontraba aquella extraña caja redonda con la que el hombrecillo le había obsequiado. Y le asaltó la tentación. Quizá la caja estuviese llena de más frutos de aquella extraña planta. O quizá no. Por intentarlo no ocurriría nada. Además, nadie se percataría de ello. Así que, ni corto ni perezoso abrió el recipiente. Y de la caja salió el hombrecillo. Había incumplido su palabra. Así que le maldijo a él y a todos los suyos con que todos los días como aquel, es decir, los martes, le ocurriría una desgracia. Y el hombre volvió a ser leñador, no se pudo casar con la bella mujer y lo perdió todo, volviendo a su vida humilde. Y desde entonces es aconsejable que, en martes, ni te cases, ni te embarques. Aunque sólo sea por si acaso. Pues más vale prevenir que lamentar.enmartes4

Fernando Bello Alonso 2º C

Volver

EL COCODRILO DRILO

Drilo era un cocodrilo chulo de esos que se pasean con la boca abierta por la orilla del río, enseñando sus fauces. Mosquín era un mosquito que siempre estaba en la orilla contando chistes. Un día llegó Drilo, paseándose, con su chulería, adonde estaba Mosquín y le dijo:
-Ya estoy harto de que cuentes tantos chistes, al próximo que te oiga te zampo de un bocado.
Mosquín le contestó con retintín:
-Qué miedo, qué miedo. Pues mira, ahora mismo voy a contar uno:<< Había un cocodrilo con la boca tan grande, tan grande, que le llamaban buzón>>.
Drilo que lo oyó, empezó a sacar aire de las fauces, muy enfadado y, de un movimiento de cabeza, sin darle tiempo a reaccionar, se tragó a Mosquín.
Mosquín se encontró, de repente, entre los dientes de Drilo, después bajó por la garganta y al final llegó al estómago, donde estaba todo muy oscuro y rodeado de tripas que se movían sin parar.
Mosquín pensó: << Yo aquí no me quedo, tengo que hacer algo>>. Vio que había un trozo de rama seca flotando por el estómago, la cogió y empezó a dar a Drilo con ella en las paredes de la barriga. Y nada, la piel de Drilo era tan dura que no le provocaba el más mínimo movimiento. Estaba claro que por ahí no podía salir.
Más tarde, Mosquín probó a gritar: << ¡Quiero salir! ¡Quiero salir!>>. Pero su voz era tan fina y estaba tan lejos de la salida, es decir, de la boca, que nadie le oía y no podían ir a salvarlo.
Entonces se acordó de que en clase de naturales habían hablado del estornudo, que era una manera de expulsar los microbios del cuerpo. Y se dijo:<< Ya tengo una idea>>.
Llegó volando hasta la garganta de Drilo, le cogió la campanilla y empezó a hacerle cosquillas hasta provocarle un estornudo gigante, gracias al cual – Atchíss- salió despedido con tanta fuerza que casi cruza hasta la otra orilla.
Una vez salvado, sobrevoló encima de Drilo, esta vez con mucho cuidado y le dijo:<<Tonto, más que tonto. Tú serás el cocodrilo más grande y fuerte de África, pero yo soy el mosquito más listo. Y aquí estoy dispuesto a contar mil chistes más>>.
¡Y ES QUE, A VECES, MÁS VALE MAÑA QUE FUERZA!

Claudia Fernández de Sevilla 2º C

Volver

¡QUÉ BÁRBARO!

Todo el mundo sabe qué es el cambio climático: cambios bruscos de temperatura, sequías, inundaciones, etc. Una causa fundamental es la desertización: la tala de árboles. Los gobiernos lo único que quieren es construir, construir y construir, mientras que el planeta Tierra se está llenando de co2 que ya no pueden absorber las plantas, por las pocas que hay. Aunque si nos remontamos muchos años atrás, podríamos saber el buen uso de la madera:
            Hace mucho, mucho tiempo, cuando la Tierra ni siquiera existía y el universo estaba muy oscuro, sólo existían dos planetas: uno lleno de árboles, árboles gigantes, llamado “Est” y otro con vida, seres muy parecidos a los humanos, pero en vez de llamarse terrícolas se llamaban trellos porque el planeta se llamaba trella. Trella era como un gemelo de la Tierra pero Trella surgió mucho antes…
            Lobra era un chico de 20 años, no muy alto, calvo, con ojos amarillos brillantes, como todos los trellos. Destacaba por decir tonterías aunque, al final, le saliera todo bien, con éxito. Estudiaba ingeniería gracias a que falsificó las notas antes de entrar en la universidad, ya que su media en el colegio era de un cinco muy justo. Él estaba deseando cumplir 20 años para poder presentarse al concurso más famoso: “¡Qué barbaridad!”. Consistía en hacer alguna barbaridad que impresionara a todos, y poder convertirse en el bárbaro más bárbaro. Claro que había un problema. Su novia, a la que conocía porque iba a su clase, había ganado el año anterior el premio a la mis trella, gracias a su belleza. Y no quería que su novio fuera el más bárbaro de todos los bárbaros porque estropearía su currículum.
            -Lobra, ya te he dicho que no quiero que te presentes.
            -Me da igual lo que pienses, Teresita, es mi sueño. Además es posible que haga algún descubrimiento, quién sabe…
            -¡Pido el divorcio!
            -¡Qué tonterías dices! cállate y déjame vivir la vida.
            -Tonterías las tuyas, mira que querer hacer la tontería mas grande de todas…
            Así estaban todos los días, discutiendo sin parar. Hasta que llegó el día y Lobra no faltó. Empezó el concurso.
            -Aquí estamos como todos los años ¡qué barbaridad! Ya saben en qué consisten las reglas, ¿no? Pues en hacer la barbaridad que más nos impresione. Así que manos a la obra ¡Adelante!
            Realmente fue impresionante. Uno hizo explotar un bote de pintura y todo quedó colorido pero no se vio bien porque no había luz. Otro se echó a la boca cien guindillas y…¡qué bárbaro! echó fuego por la boca. Lobra hizo una cosa extraña. Cogió un fusil, le metió dentro una cerilla y lo disparó al planeta de los árboles. El jurado dijo que anunciarían el próximo día el ganador. Aunque éste tuvo que cambiar de opinión ya que el siguiente día se despertó… ¡amaneció! Él comprendió lo que había pasado. La cerilla que lanzó Lobra incendió todo el planeta de los árboles y… ¡por fin había luz! Pudieron ver todos claramente el rostro de cada uno y alucinaron, alucinaron en colores. A lo que se incendió lo llamaron árbol por el nombre del protagonista si le damos la vuelta. Y a ese planeta que tenía luz propia lo “llamaron estrella: Est” y “Trella” nombre de cada planeta. Esta estrella se fue procreando (tenia vida) y así se formaron planetas, asteroides…Por eso los gobiernos no tienen que cortar árboles porque a lo mejor, si las estrellas se apagan nuestro planeta se convierta en una estrella…¡qué bárbaro!

Carlos Caballero Díaz 2ºb

Volver

EL ORIGEN DE LAS ESTRELLAS


              Hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano, vivía el dios Nocternus, dios de la noche. Él estaba muy contento, pero echaba en falta algo. Esa cosa era algo que iluminara la noche, que brillara en el cielo. El dios Nocternus tenía una pequeña joya: un jarrón. Nadie hasta ese momento lo había visto, ya que estaba protegido por un alto sistema de seguridad. Sin embargo, había una persona que juraba haberlo visto. Decía que al tocarlo se sentía algo especial, algo que no se podía describir.
          Un día, se rumoreaba por el pueblo, que el dios Nocternus estaba muy enfermo y que la muerte no le tardaría en llegar. A medida que pasaban los días el rumor se iba convirtiendo en una verdad y los ciudadanos cada día estaban más tristes. Tras largos días de agonía el dios Nocternus murió.
          El dios Nocternus no tenía hijos ni estaba casado, así que todo el mundo se preguntaba quién se quedaría con sus cosas. Una de las personas que trabajaba para el dios Nocternus encontró un papel que decía:
          ´´ Si muero, cualquiera de los ciudadanos podrá quedarse con mis pertenencias y ocupar mi puesto, pero con una condición: aquél que quiera convertirse en mi sucesor tendrá que encontrar algo que ilumine el cielo por la noche. En caso de que nadie lo consiga mis pertenencias serán repartidas entre todo el pueblo. El plazo será de tres semanas ``
          Muchos ciudadanos aportaron ideas pero todas eran un poco absurdas. El plazo dado se iba acabando y todos empezaban a echar cuentas para ver cuánto le tocaba a cada uno. El plazo se terminó y nadie consiguió dar con la respuesta, así que se repartieron las pertenencias.
          Pasaron los años y un día se presentó un señor diciendo que sabía cómo hacer que algo brillara en el cielo por la noche, pero exigía dos cosas: que necesitaba el jarrón del dios Nocternus y si lo conseguía quería todas las pertenencias.
          Después de pensarlo mucho le dieron el jarrón. Nada más cogerlo lo dejó caer y todos empezaron a preguntar por qué lo había hecho, y el respondió:
          -Esperad a la noche y ya veréis.
          Todos esperaban impacientes y cuando lo vieron todos se quedaron sorprendidos: los trozos del jarrón se convirtieron en pequeñas cosas que brillaban por la noche en el cielo. Las llamaron estrellas.
              Resulta que el señor que, varios años atrás, decía saber cómo era el jarrón, era el mismo que hizo aparecer las estrellas.
          Al fin y al cabo el deseo del dios Nocternus se cumplió.
          Y ésta es la historia del origen de las estrellas.

Lucía Jin 2º E.S.O B

Volver

¡UNA AMBULANCIA, POR FAVOR!


                       
Era una mañana soleada de primavera cuando una amiga de mi madre, llamada Rosa, salía a comprar el pan y, aprovechando, también sacó a pasear a su perra, cuyo nombre era Luna.
                La pobre mujer vivía sola, y la verdad es que, con su edad, no podía aguantar aquel esfuerzo que estaba realizando a diario.
                Al cruzar la esquina, se encontró con un joven llamando Rubén. El joven se ofreció a ayudar a la anciana mujer sacando a pasear a su perra. Rosa aceptó porque así ella podría ir a comprar el pan sin la ´´carga´´, por llamarlo así, de su perra. En el momento en el cual Rosa le estaba dando la correa a Rubén, Luna salió corriendo por la acera y empezó a cruzar la calzada. Por desgracia, en aquel mismo instante, un coche conducido por un conductor despistado se saltó el semáforo y atropelló a Luna.
                Rosa rápidamente pidió ayuda y una persona llamó a una ambulancia. La ambulancia llegó en cinco minutos, pero el conductor se quedó un poco sorprendido cuando vio que el dañado era un perro, y no una persona, así que decidió no atender al perro e irse. Pero la señora le suplicó que lo atendiera y que, por favor, se lo llevase. El conductor finalmente accedió y se llevó a perro al hospital.
                Al conductor de la ambulancia casi le despiden porque no puede transportar a ese tipo de heridos y Luna no tuvo ninguna lesión grave, sólo sufrió una contusión leve en la cabeza.

 

Lucía Jin 2º ESO B

Volver

MIS MEMORIAS

Nací en Madrid el 25 de Noviembre de 1994. Recuerdo bastantes cosas de mi infancia. Al principio fue bastante dura. Al mes y medio de nacer, fui operado de una hernia. Pero la cosa no mejoró. Durante un tiempo tuve problema con las plaquetas, cada día tenía que hacerme análisis de sangre. Aprendí a caminar tarde, casi con 2  años. Por lo demás, no hay nada muy destacable de mi infancia. Llegué al colegio Villa de Griñón, y allí estudié todos los cursos hasta el Bachillerato.

Elegí bachillerato tecnológico, y a la hora de elegir universidad, escogí la de León. Gracias a mis compañeros de universidad, conseguí contactar con el entrenador del equipo  universitario de baloncesto. Realicé unas pruebas, y el entrenador me dejo jugar en el equipo universitario. Fui ascendiendo de categoría, llegando a jugar en el equipo filial. Después de 3 años jugando allí sucedió algo espectacular. Un agencia que lleva deportistas a Estados Unidos se interesó por mi y me ofreció jugar con la universidad  de Illinois. No  lo pensé dos veces y acepté.

No se me hizo difícil adaptarme. Siempre había tenido el sueño de cruzar el charco. Desde el principio, tanto el entrenador como  los profesores de la universidad me lo pusieron todo muy fácil. Compaginaba mis estudios a la perfección con el baloncesto universitario. Cada vez jugaba más y mejor. Otra vez,  la suerte se puso de mi lado. Me ofrecieron puesto en la NBA, liga de mayor prestigio en el mundo. Estaba viniendo un sueño. Durante muchos años estuve jugando allí. Conocí a una chica española, y me casé con ella.

A mis 40 años de edad me consideraba ya mayor para el deporte de alta competición así que regresé a España. ¿Qué podía hacer? Decidí montar una escuela para niños que amasen el baloncesto tanto como yo. Me encantaba transmitir mis conocimientos a los chicos. Diez años más tarde decidí viajar un poco, y a los 65 paré.  A mis 65 años, y hasta ahora, con 87 que llevo ya vividos, me he dedicado a leer, a mi familia, y a esperar a que la muerte venga a visitarme.

Juan Riol 2º C

Volver

EL CLAVEL

                Yo, antes, creía que la vida se me debía. Que alguien hacía mucho tiempo había contraído una duda a mi favor. Y que, como el rentista, yo cobraba cada mañana cada cupón correspondiente. Y, como el ricachón, no sabía bien en qué emplearlo ni qué hacer con un nuevo día por delante entre mis manos.
                Yo, como ellos, como los que cortan cupón, veía, a mis diecisiete años de existencia, pasar la vida a través de amplios ventanales. Bien situado detrás de los cristales, veía vivir a los otros, pero no quería mezclarme en la vida; no quería adentrarme en la felicidad de los demás, ni tampoco en su infelicidad. Ni siquiera buceaba en mi propia infelicidad. Porque dolía. Porque uno estaba muy bien concentrado en su propio egoísmo. Sobre todo porque, ¿para qué complicarse la vida? Esta pregunta me la hacía cada mañana, y ella misma, no obstante, me servía de respuesta.
                Ahora, a mi avanzada edad, y sabiendo que me quedan pocos momentos por vivir, conozco el valor de cada segundo. Ahora sé que no vivo gratis. Ni de rentas. Ni invitado. Ahora sí que tengo que pagar. Que precisamente los días y los años son letras de cambio que vencerán a plazos inevitables, y que uno no se puede permitir el lujo de desperdiciar un solo segundo. Pues cada segundo que pasa es ya irrecuperable.
                Y ahora, más que nunca en toda mi vida, en éstos, mis últimos momentos, evoco los mejores instantes de mi aparentemente larga, pero corta vida. De entre todos ellos, hay uno que destaca principalmente sobre los demás. Es el momento de mi primer beso con mi amor verdadero.
                Como bien decía, a mis diecisiete años, me encontraba vagando solo y perdido por mi vida. Me pasaba las tardes enteras sentado frente a la ventana, junto a la lumbre, con el libro de estudio abierto entre mis brazos, y la mirada perdida en la calle, absorto, viendo el tránsito que solía tener la estrecha y sucia callejuela.
                Una tarde, especialmente fría, vi pasar a mi futura esposa bien arreglada, con su mantilla negra, y supuse que iría a la misa a rezar el rosario. Salí de casa y decidí seguirla, a una distancia prudencial, claro está. Pues, si la gente del  barrio nos veía solos, uno junto al otro, caminando por la estrecha calle de camino a la iglesia, después vendrían las habladurías. Y un chico de buen ver como era yo no podía rebajarse a semejantes patrañas.
                Atajé por un camino más corto y la esperé, impaciente. Cuando la vi pasar, la agarré del brazo, arrastrándola hasta el interior del callejón anterior a la calle en la que se encontraba la iglesia; aquel callejón que daba a la parte de atrás de la iglesia, y por el que entraba el cura a su humilde casa, allí situada, y desde la cual accedía al altar. La pregunté si iba a la misa, y ella respondió que sí. Me miró con sus ojos azules e interrogantes, y me pidió que la esperase allí. Se zafó de mi brazo y continuó su camino, entrando en la iglesia a la vez que otras dos fieles más.
                De repente, el cura torció la esquina, y me invitó a entrar antes de que la misa diese comienzo. Yo acepté, complacido, pues no me podía negar a la petición de un cura. Entré por la misma puerta que todos los feligreses y me senté en la parte de atrás, junto a los hombres. En la parte cercana al altar se habían colocado como de costumbre, todas las mujeres. Me quedé embobado buscándola entre las mujeres. Por fin la vi, sentada en la segunda fila. En esto que salió el cura y nos dio las espaldas. La misa comenzó. Cuando la misa tocó a su fin, salí de los primeros, y me dirigí hacia el callejón, lejos de miradas ajenas, para reunirme con ella. Había pasado un buen rato esperándola, pero, al fin, mereció la pena, pues nos fuimos a dar un paseo por El Retiro, donde nadie nos conocía ni sabía nada de nosotros. Íbamos dando un rodeo por los caminos intransitados; allí donde la espesura abundaba más de lo normal, y a través de donde la gente no se atrevía a adentrarse. Nos sentamos a descansar bajo un centenario y frondoso sauce, lejos de todas las posibles miradas. Nos miramos a los ojos, y un escalofrío recorrió todas las fibras de mi ser. Y allí, en ese preciso instante, me besó. Fue un beso lleno de pasión, que me llenó y me repuso el alma, y que dejó sellado sobre mi corazón el gran amor que sentía por ella, pero que el destino siempre me había impedido afrontar. Después se levantó, y salió corriendo. Ella no se dio cuenta pero, de algún lugar de entre sus ropas, supongo que de algún ojal de su camisa, se desprendió un precioso y fresco clavel rojo que llevaba prendido. Y allí quedó, tendido en el suelo, sin que se volviera a recogerlo. Sin embargo, yo no la seguí para devolvérselo. Ya era lo bastante afortunado. Había recibido y privilegiado beso por su parte, y un precioso y magnífico clavel para recordarlo. No necesitaba nada más. Y allí quedó nuestro amor, bajo aquél precioso sauce donde nos besamos por primera vez, y junto a aquel hermoso y delicado clavel rojo.
                Poco tiempo después, apenas unos meses, estalló una guerra civil, y me tuve que marchar a luchar al frente, junto con el resto de los hombres del barrio. Y dejé de tener noticias suyas.
                Cuando regresé, unos cuatro años después, ella ya se había marchado, y no se encontraba allí, en la casa en la que solía vivir junto a sus padres. Había desaparecido del barrio, y por más que la busqué, nadie sabía de ella. Algunos decía que se había marchado a vivir a su pueblo natal. Otros, que había muerto hacía mucho tiempo. Incluso algunos se atrevían a decir que la habían tomado como prisionera de guerra. El resto no sabían nada de ella o, en algunos casos, no habían llegado a conocerla.
                Hasta que, un día, cuando ya llevaba yo un buen tiempo instalado en el barrio, pues la guerra había ya terminado hacía casi un año, llegó al barrio, nuestro amado y hermoso barrio, el rentista. Venía acompañando de su mujer. Éstos se habían marchado al pueblo de la señora, en plena región Castellano-Leonesa, cuando, una vez la guerra había comenzado, las cosas se habían puesto difíciles. Les pregunté a ellos. Para mi sorpresa, la esposa sabía todo cuanto yo necesitaba saber. Me enteré de que ella ya no se encontraba entre los vivos. Durante el primer año de guerra, una bomba había caído sobre su casa; la de su pueblo, cuando ella se encontraba dentro. Se habían enterado porque el marido de la tía de una de las mujeres de su pueblo era de allí. Y habían acudido a llorarla y a traerla de vuelta al barrio, pues su sueño era ser enterrada en el cementerio de la Almudena. Y así lo habían hecho ellos, pues los padres de la joven ya habían muerto.
                Un día, me acerqué al camposanto a buscarla. Después de muchas horas de sufrimiento, buscando una lápida con su nombre, su fecha de defunción… la encontré. Allí se encontraba, en la parte más apartada del cementerio, entre las sombras. A partir de aquél día, todas las semanas acudía allí a rezar por ella y ponerle flores frescas en su tumba. Los domingos, acudía a limpiar la lápida, y le escribía cartas que dejaba sobre su tumba y, al día siguiente…. Ya no se encontraban allí.
                Todos los 25 de mayo, el aniversario de nuestro beso, le llevaba, en su memoria, un precioso ramo de frescos claveles rojos. Y lo sigo haciendo. No he faltado a mi cita ni un solo día. Excepto hoy. Estoy tan débil… sé que la muerte me acecha, porque ya ha llegado mi hora. A mis casi noventa años, ya he vivido demasiado. Aunque mi amor por ella arde todavía en mi interior como si de un bosque se tratase. El afortunado clavel que ella se olvidó bajo el sauce decidí conservarlo y guardarlo por siempre. Aunque éste esté ya marchito y seco, aún lo tengo. En su memoria. En su recuerdo.
                Y ahora, apretándolo contra mi pecho, evoco ese momento, antes de perecer para ir a su encuentro, como hacía antaño. Porque, pase lo que pase, yo nunca la olvidaré. Incluso moriría por un beso suyo.

Fernando Bello Bermejo 2º C-ESO

Volver

CUENTO NAVIDEÑO


        Había una vez una niña llamada Nashama que vivía en la India, concretamente en Nueva Delhi, la capital del país. Nació un veinticinco de diciembre, el día de Navidad. ¡Qué casualidad!
         Sus padres estaban muy contentos con ella: era una chica bastante aplicada en los estudios, era obediente y ayudaba en las tareas de casa. Pero sus padres tenían un pequeño problema: siempre pedía a Papá Noel cosas complicadas. Bueno, para Papá Noel en sí no era tan difícil porque todos sabemos que él no es nada tacaño, todo lo contrario: si fuera por él nos traería lo que pedimos y más. Pero para sus padres no era tan fácil conseguir lo que su hija quería. Espero que sepas por dónde van los tiros...
         Cuando llegaba Navidad sus padres intentaban explicarla que Papá Noel no podía traer eso en su trineo y le decían que pidiera otra cosa, como por ejemplo, dinero. La verdad es que la niña era un poco cabezota, así que todos los años pedía lo mismo.
         Sus padres, al leer la misma petición por enésima vez, no tenían más remedio que inventarse una excusa para que la niña no se deprimiese. Cada año inventaban una: "Cariño, Papá Noel no ha podido traer tu regalo porque no cabe en el trineo", "Lo siento, hija, pero Papá Noel ha perdido la dirección de casa y no ha podido dejar tu regalo". Cuando uno es pequeño pues se lo cree, pero el tiempo pasaba y Nashama iba haciéndose mayor, cada vez era más sensata y comenzaba a pensar que estaba ocurriendo algo raro.
         Sus padres estaban bastante preocupados porque sabían que algún día tendrían que contar la verdad y eso les aterraba. No querían que su hija perdiera la fe en alguien tan especial como Papá Noel y además se llevaría una gran decepción. Aquel día que no querían que llegara, llegó, y tuvieron que contarle la verdad: "Papá Noel no existe y somos los padres quienes colocamos los regalos debajo del árbol en la noche del veinticuatro al veinticinco de diciembre y por eso no podemos comprarte lo que pides, porque eso no se puede comprar con dinero. La niña empezó a llorar y se fue a su habitación.
         Llegó Navidad y sus padres tenían la esperanza de que Nashama pidiera algo que se pudiera comprar. Ésta era su carta:
                  
                            Querido Papá Noel:
                                      Soy Nashama. Este año me he portado muy bien, como todos los años. Por eso te pido lo mismo que siempre. No hace falta que te diga lo que quiero porque seguro que te                             acuerdas. Sé que es un poco difícil de conseguir pero espero que no sea mucho pedir. ¡Ah!, y otra cosa: no hagas caso a mis padres cuando dicen que no existes. ¿Enton-
                                      ces por qué en Navidad escucho tus carcajadas felicitando a todo el mundo?
                                                        Besos,
                                                                  Nashama
         Los padres no podían creer lo que habían visto sus ojos. ¡Su hija había vuelto a pedir lo mismo! Y lo más importante, había perdido la confianza en ellos. Sus padres no tenían otra salida así que hicieron lo mismo que siempre: no comprar nada y esperar que a la Navidad siguiente Nashama pidiera otra cosa.
         Pasaron los años y la niña se convirtió en una mujer, aunque eso no la impedía escribir su carta a Papá Noel y pedir lo de siempre.
         Los años siguieron pasando y los padres de Nashama murieron con la gran tristeza de que su hija no confiaba en ellos.
         Días después, Nashama fue a hacerse una revisión médica y la diagnosticaron una enfermedad irreversible, sin cura, pero lo peor era que sólo le quedaban dos meses de vida. Nashama intentó disfrutar esos dos meses de vida, dejando a un lado todos sus problemas. Una de esas cosas fue escribir la carta a Papá Noel y como de costumbre pidió lo mismo. La mañana del veinticinco de diciembre Nashama se llevó una gran sorpresa y es que empezó a nevar. ¡Nashama por fin veía nevar! Sí, ése era su sueño, que nevara y que ella lo pudiera ver y vivir. Y aunque no lo vivió de la forma que ella tenía pensado, es como si hubiera estado al otro lado de la ventana jugando con sus amigos, haciendo muñecos de nieve...Pero la alegría no le duró mucho ya que minutos después murió. Pero murió tranquila, sabiendo que Papá Noel cumple su promesa aunque tarde años y años y aunque sólo lo viese durante unos minutos.
         Esta historia demuestra que la Navidad es tiempo de ilusión, tiempo de esperanza; y hay que dejar a un lado los problemas a un lado, por muy graves que sean, e intentar vivir esta época del año al máximo. LA NAVIDAD ES FELICIDAD.

Lucía Jin 2º E.S.O  B

Volver

MI ABUELA JOSEFINA

  Nació el 2 de abril de 1932 en Madrid. Su padre se llamaba Agapito y trabajaba en los talleres de RENFE. Su madre se llamaba Josefina, se dedicaba alas tareas de la casa. Tiene cuatro hermanos que se llaman Isabel, Ángel, Adolfo y María. Mi abuela nació en una familia humilde, de clase trabajadora, en una época muy revuelta políticamente, ya que cuatro años más tarde empezó la  Guerra Civil Española, que duró hasta 1939. Cuando empezó la Guerra Civil mi abuela tenía cuatro años y se fueron a vivir a Alicante, huyendo de los bombardeos, de la falta de comida, de la falta de trabajo…
Mi bisabuela tenía una amiga en Alicante que les ayudó a instalarse, a encontrar un trabajo, una casa… Allí vivieron prácticamente hasta que terminó la guerra. Cuando acabó la contienda mi abuela tenía nueve años y toda la familia volvió a Madrid.
Josefina no tuvo muchas oportunidades de estudiar pero las pocas que tuvo las aprovechó muy bien e incluso hoy en día es una gran lectora.
Con nueve años iba todos los días sola desde Ventas, donde vivían,  hasta Arganzuela donde trabajaba su padre para llevarle la comida.
Una anécdota que me cuenta siempre mi abuela es que durante la posguerra, como había mucha hambre y en Madrid no había comida, tenían que ir a los pueblos de alrededor a comprarla. Como solamente se podían comprar unas cantidades determinadas, Josefina que era muy guapa con nueve años, guardaba bajo su abrigo las cantidades que compraban de más  y nunca la registraron.
Con doce o trece años empezó a trabajar, primero en una fábrica de alpargatas, luego en una fábrica de pañuelos y después en una de modista, la que ha sido su profesión.
 

 Con dieciocho años conoció a Antonio, mi abuelo, en una fiesta. Tras diez años de novios se casaron el día trece de junio de 1960, en la Iglesia del Espíritu Santo. Al año siguiente nació mi madre, Carmen y dos años después mi tío Antonio y siete años después mi tía Mª José. Mis abuelos estuvieron casados hasta el año 2001, cuando falleció mi abuelo, yo tenía solamente siete años.
Mi abuela tiene cuatro nietos, tres chicos y yo. El primer nieto que tuvo fue mi hermano Jesús cuando tenía sesenta años.

 ¡¡Mi abuela es muy divertida, muy simpática, cocina fenomenal y siempre me cose los pantalones!! Sale con sus amigas a merendar los viernes, al cine, juega al parchís y se va de viaje de vez en cuando. En fin no es una abuela aburrida, para nada.

Paloma Alonso 2º ESO B

Volver